miércoles, 3 de octubre de 2018

Premio del X concurso de glosas Naborí


 
Claroscuro
del amor distante,
de Mariana Pérez




A partir del 2009, la filial del Grupo Ala Décima en San Miguel del Padrón, municipio natal de Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, rinde tributo al poeta con el concurso nacional de glosas que lleva su nombre. En esta décima edición (2018) mereció ese lauro el texto Claroscuro del amor distante, de la poetisa Mariana Enriqueta Pérez Pérez, de Villa Clara, la primera persona que repite este lauro, pues lo había obtenido en la sexta edición del certamen, en el 2014. La autora es Licenciada en Filología, en la especialidad Lengua y Literatura Hispanoamericana y Cubana, y Diplomada en Cultura Cubana. Cuenta con numerosos reconocimientos, tanto en versos como en trabajos de investigación, así como varios poemarios publicados. Es representante del Grupo Ala Décima en la provincia de Villa Clara, donde fundó y dirige la tertulia La décima es un árbol.








Claroscuro del amor distante


En un amor que quiere ser claro como el día
jamás habrá distancia ni abismo de imposible:
para unir nuestras almas hay un puente invisible
que borra el espejismo de toda lejanía.

Jesús Orta Ruiz (Indio Naborí)



El espacio que expandes tiene oscuro cintillo
y una distancia alerta nos diluye en fracaso.
Si el tiempo vuelve hollín banderines de raso
¿qué salvación tendremos cuando se opaque el brillo?
Tal vez mi amor penetre un distante portillo
o por tránsito insomne se escape en fantasía
de perlas que se pierden bajo la arena fría.
La jornada en mi cuenco tiene sed, nos demora,
pero un amor oscuro acaba donde llora:
en un amor que quiere ser claro como el día.

La tímida secuela que guarda mi café
dejó un rastro de pulsos en tu mano extendida,
yo estaba sonriente, lozana, presumida,
y al perforar tu aliento me inculcaste la fe.
Remotos, mi letargo de concurrencia ve
la torpe cerradura de una isla inasible.
Tu amor es al futuro como ente invisible
que atrapa mi certeza o te corona lejos,
y, aunque sigas perdido en cursores perplejos,
jamás habrá distancia ni abismo de imposible.

Hoy somos habitantes de un abandono largo
que arrastra soledad. Él suplica, revuela
sobre lecho inseguro, nuestros sueños congela
y después los divide. Un tiempo de letargo,
de ripios, agoniza: el futuro es amargo.
Mas la distancia tiene un caudal presumible
que lentifica dudas, desecha lo inservible,
levanta con acero la raíz, el apoyo…
y en su monte de angustias —principio del arroyo—
para unir nuestras almas hay un puente invisible.

Ignoro lo que sientes: en tu palabra escueta
discurren los afanes y el misterio se agranda.
Por tus renglones llanos parte una letra blanda
y un ánimo inconforme que mi aire no interpreta.
Todo es lejano y triste. Contemplo una ruleta
donde gira lo oculto, y mi alma desconfía.
Pero al tránsito agónico le crece melodía
y vuelve la distancia a encender vibraciones:
claroscuro travieso en las permutaciones
que borra el espejismo de toda lejanía.







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